Oct 11, 2017

La entrevista imposible a Ramón Castilla

Escrita en 1952 por el prestigioso periodista Manuel Jesús Orbegoso. Se trata de una entrevista imaginaria que pergeñó en los albores de su prolífica carrera cuando estaba a la caza de un puesto de reportero en el diario “La Crónica”.

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La entrevista imposible a Ramón Castilla

Esa mañana se había realizado una ceremonia en homenaje a Castilla. Cuando pasé por la plazuela de La Merced, tres coronas de flores quedaban junto al pedestal granítico, cuya leyenda dice: “El Ejército Argentino al Mariscal Ramón Castilla, noble amigo de su gran Capitán José de San Martín. 9 de diciembre 1940”.  Me pareció que el bronce que perpetúa su figura, simulaba un enorme cansancio, soportaba un angustioso aburrimiento. Las arrugas de su rostro fingían violenta tensión y su ceño –entre la cavilación y el desdén- cumplía su oficio de interrogante.

Entonces, me resolví a entrevistarle. Y regresé. No podía retroceder en mi idea de llevar a cabo la entrevista. Iba a trabajar en un periódico “grande” y tenía que hacer méritos.

Adelantándose a mi saludo y disculpas –el Mariscal Castilla sigue siendo el intuitivo por excelencia- me dijo desde lo alto: “¿Tú quieres hablar conmigo?”. Sí Mariscal –le conteste- ¿me permite hacerles unas preguntas? “Correcto, pero no aquí”, fue su inmediata respuesta, seguida de: “Harto estoy de oler antimonio, harto de oír salmos, harto de bulla. Y sin más, tomó la espada por la mitad, se inclinó ligeramente y salió. Sus botas granaderas no hicieron mayor estruendo al tocar las baldosas.

Caminamos cuesta arriba dos cuadras. Allí, don Ramón guardó sus guantes de preville y se pasó las manos por los ojos. Parecía sorprendido. Recorrió con la mirada el perímetro de la Plaza de Armas. Se alisó los mostachos, tosió. Su tos rebotó en la Catedral que palpitaba con su corazón de reloj. La Guardia se relevaba en Palacio, mientras una hoja que otra caía de los árboles que se mecían imperceptiblemente, y la pila era interminable en su conversación de agua.

Cinematográficamente comencé a repasar los períodos de su gobierno: El pacífico y el belicoso. Indudablemente, la libertad de los negros y la abolición del tributo de los indios, era el plato fuerte de mi interrogatorio.

Don Ramón me observaba. De pronto, volvió a hacer gala de sus “corazonadas” cuando alcanzándome una cerilla con la que encendí un cigarro, me dijo, casi al oído: “Fósforos que importé por primera vez, el 1848”.

El Mariscal no fumó; más bien, me preguntó:

-               ¿Qué dice la historia, de mi gobierno?

Sinceramente no esperaba la pregunta, pero admirador como soy del Libertador Castilla y de su obra, me desbordé en conceptos míos y ajenos. Comencé de lo último. Hablé con el convencimiento de que muchas de sus leyes se habían adelantado a su época. Hablé de su patriótica intervención en las campañas de consolidación de nuestra independencia, de la República. Hablé de los últimos días de su vida y de los primeros, le repetí muchas de sus frases que él escuchó en silencio. Algo murmuró, sin embargo, cuando pronuncié aquello de: “Brindo por la independencia de los pueblos de mi raza. Si después de un siglo, mis cenizas sirven para levantar sobre ellas una columna a la libertad, estoy seguro de que se estremecieron de placer”. Enaltecí la humildad de su origen, causa de su legislatura social, de su arraigo popular. Hablé y hablé sin descansar, ininterrumpidamente.

Cuando terminé, don Ramón clavó su mirada en no sé qué lugar del pasado y habló así: “Cuando estuve en Brasil, escuché un filosófico dicho popular que decía: “Blancos son los que se escaparon de ser negro”. Regresé al Perú el 1818 a través de la infernal selva de Matto Grosso, en un viaje que yo mismo no puedo creer. Durante todo el trayecto, negros fueron que calmaron mi sed, mi hambre y mi sueño. Indios fueron los que, en posteriores oportunidades, por los riscos de mi patria hicieron lo mismo. Entonces, liberté a los negros y abolí el tributo de los indios. Pero, ¿han conseguido los primeros, dar un paso fuera de su estrato social? ¿Han dejado los tugurios y la delincuencia? ¿Han dejado de seguir pregonando tamales? Y los indios, ¿han dejado de ser el color pospuesto y despreciado? ¿Han dejado de tener patrones? ¿Se ha encontrado quien los reemplace en los barridos de las calles? ¿No siguen siendo la única casta de sirvientes? ¿A los negros, en los cañaverales no los flagela la tuberculosis? ¿Y la silicosis, a los indios, en las entrañas de la tierra? ¿Indios y negros no siguen siendo esclavos de la coca y el ron? ¿Se han prolongado mis leyes en su idea fundamental de libertad y reivindicación? ¿Han servidos mis leyes?

Su voz vibrante, temblorosamente viril, resentida casi, se acalló. Deseé argüirle. Explicarle que la transformación social se estaba llevando a cabo, aunque lentamente, como el crecimiento de un árbol que levanta su copa, pero que no se nota. Más, él me cortó: “No trates de argüir nada”. Me tocó un hombro y repitió con desconsuelo: “¿Han valido mis leyes?”.

El Libertador no estaba agitado a pesar de haber hablado con vehemencia. Caminamos hacia el centro de la Plaza. El silencio era notable. Solo a lo lejos se escuchaban toques de silbato de los policías. El Mariscal volvió a toser. “Es el antimonio de la plata”, dijo socarronamente. Aproveché para preguntarle:
 

¿Quién fue su mayor enemigo, Mariscal?

En la hora de mi muerte, ninguno.

¿Y su mejor amigo?

Domingo Nieto, que antes de morir, testó: “A Castilla: ‘el zaino y el over’”.

¿Qué gesto de sus compatriotas le halaga más, Mariscal?

El de los loretanos que decían que yo había nacido en Loreto.

Pero la verdad es que usted es de Tarapacá, ¿Mariscal?

La verdad, la única verdad, es que yo soy peruano. (Esta última palabra la pronunció casi sílaba por sílaba, con solemnidad, como queriéndole dar todo lo que de patriótico tiene su significado).

¿Quién era el mejor periodista de entonces, Mariscal?

El que me combatía.

¿El mejor periódico?

La Guardia Nacional.

¿Razones?

Muchas; simbolizaba la preocupación del Gobierno por organizar la milicia cívica y tener en ella un freno para los desbordes del militarismo indisciplinado.
 

Quería preguntarle otras cosas, desde luego más importantes, pero la nerviosidad de seguir ante tan ilustre personaje y el pensar en el periódico “grande”, me desconcertaba. El tiempo se iba. La liebre nocturna era perseguida por unos galgos de luz.

¿Usted fue un hombre de izquierda o de derecha, Mariscal?

No te entiendo.

¿Cómo ve usted el panorama actual de nuestra patria, en todos los sentidos, Mariscal?

Yo soy franco –dijo por tercera vez-, el sitio donde me encuentro, no me permite ver nada más que talladuras, gallinazos, lujo y pordioseros.


Pero regresemos, me dijo. Y empezó a caminar. Yo le seguí. Su espada había permanecido suelta, balaceándose, fija en su regatón, muda como siempre, como siempre testigo único de sus soliloquios. Anduvo grave, severamente grave, hasta detenerse frente a una vitrina que exhibía trajes de baño. El fondo era una acuarela que simulaba un paisaje marino con palmeras y pájaros. Yo, profané su curiosidad. Quise convencerme de lo que miraba. No eran los trajes de baño lo que llamaban su atención. Eran los pájaros. Entonces, le oí decir en voz baja: “Alcatraces, gaviotas, islas, mar, el Perú puesto de pie sobre el Pacífico”. Palabras, frases inconexas. Indudablemente, Castilla reedificaba sus sueños, pensaba en la Armada Nacional o en algún problema administrativo solucionado a base de guano.

“Cómo se va el tiempo –suspiró, qué poco hemos conversado. Vete y regresa– continuó, mientras alcanzábamos el pedestal, en la Merced –siempre me encontrarás aquí, metido en este bronce. Yo soy franco, vete y regresa”.

Don Ramón me apretó fuertemente la mano. Sacó del bolsillo de su pantalón de montar, sus guantes de preville, puso con dificultad la mano sobre el pedestal que horas antes había abandonado y quedó nuevamente cetrino, apretado entre un banco y una iglesia, entre una farmacia y un tranvía que ya merece honrosa jubilación.

Y no atiné a decir nada. Me despedí con una venia. El corazón se me salía por la boca. Caminaba, casi corría con las cuartillas en la mano, al filo del amanecer. Ni un peatón. Solo un policía que me observó de pies a cabeza.

Seguí de frente hasta que me perdí detrás de una esquina. El aura y la luz llegaban a la ciudad.

(Tomado de la Revista Cultura Peruana Nro. 53, enero-febrero de 1952)

 

Escribe Manuel Jesús Orbegoso

< Texto completo en la edición impresa >

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