Oct 04, 2017

“Pena de muerte para los presidentes corruptos”

Antauro Humala anuncia que saldrá libre el próximo año dispuesto a seguir con su movimiento etnocacerista. No está arrepentido del llamado “andahuaylazo” y su ideología no ha cambiado, pese al rigor de la cárcel.

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“Pena de muerte para los presidentes corruptos”

La entrevista no siguió los cauces normales porque el mayor (r) Antauro Humala Tasso está preso desde enero del 2005. La única alternativa fue enviarle un cuestionario escrito que aceptó absolver y lo hizo en un par de semanas. Las respuestas también fueron por escrito y no hubo oportunidad para las repreguntas.

 

Cumple una condena de 19 años por cinco delitos: rebelión, homicidio simple, sustracción o arrebato de armas de fuego, daño agravado y secuestro agravado. Inicialmente fue sentenciado a 25 años, pero, en la apelación la pena fue reducida.

 

La larga carcelería de 12 años no le ha hecho mella. Con el cabello algo más cano, mantiene un buen humor, pese a su difícil situación, y no ha perdido sus objetivos políticos. No cabe duda que trabaja para ser candidato presidencial, aunque prefiere no adelantarse a los hechos. Primero tendrá que salir libre y esa es su prioridad actual. ¿Se arrepiente de algo? Afirma que no.

 

¿Cuál es la diferencia entre el Antauro Humala del 2005 y el de hoy?

Además de la edad, el robustecimiento de la convicción ideológica, habida cuenta las evidencias de macrocorrupción presidencialista. La historia –aunque todavía no los tribunales- justifica a quienes nos rebelamos hace doce años en Andahuaylas.

¿Cuándo saldrá libre?

El próximo año.

¿Se arrepiente del levantamiento de Andahuaylas? ¿Valió la pena?

¡Pero si Toledo está prófugo precisamente por los cargos que denuncié en el manifiesto político de aquella rebelión…! Por supuesto que valió la pena, pues demuestra que hace doce años hubo en el Perú ciudadanos que no solo denunciaron esta orgía de macrocorrupción y traición al país, sino que, además –siendo consecuentes entre el dicho y el hecho- se alzaron en armas de manera valiente y digna.

¿Ollanta Humala participó o no del “andahuaylazo”? ¿De qué modo?

Se le comunicó 24 horas antes, motivo por el cual se animó a remitir desde Seúl un manifiesto, según me dijo telefónicamente, consultado con Javier Valle-Riestra. Como lo hallé inconsistente en el contenido, lo deseché optando por el que yo había redactado con antelación, el cual fue leído en cadena nacional una vez capturada la comandancia policial de Andahuaylas. A Ollanta se le indicó que debía ingresar, vía Bolivia, por la frontera de Desaguadero, donde le aguardaría un batallón etnocacerista, pero, como es sabido, se acobardó y traicionó.

¿No cree que la base ideológica del etnocacerismo está desfasada para estos tiempos?

El etnocacerismo es un binomio: etnia y Cáceres. La etnia no es tabú. El mismo censo poblacional programado para este año la resalta y publicita. Es actualísimo no solo acá, donde la emancipación blanco-criolla preservó el tributo indio y la esclavitud negra; también en el norte desarrollado se resalta la etnicidad gringo-occidental, tal como observamos con Trump en EEUU y en la misma Unión Europea, ambos adversos a la inmigración “de color”. Ha de entenderse que sin conciencia del origen étnico no puede haber identidad nacional. En cuanto a “Cáceres”, pues –en medio de tanta chilenización y quintacolumnismo gubernamental- resulta también, dicho término, actualísimo. El etnocacerismo es una necesidad patriótica ante un libre-saqueo extranjero que tiene mucho de chilenización.

¿Cómo enfrentar la corrupción en el país?

Ante todo, se debe diferenciar la macrocorrupción de la microcorrupción. La “macro” debe ser enfrentada con pena de muerte como extensión de la figura de “traición a la patria”: todos los presidelincuentes y sus gabinetes ministeriales inmersos en el caso Lava Jato. Urge un escarmiento histórico a quienes desde el poder se levantaron en peso al país. La microcorrupción es, en el fondo, entendible dados los míseros salarios, así como por el subempleo masivo que obliga al populorum a tener que “compensarse”, vía la coimita de sobrevivencia.

¿Qué le diría a la izquierda peruana?

El término “izquierda” abarca más que el segmento marxista. Acá se origina desde el día siguiente de la captura de Atahualpa, vía la resistencia de liberación etnonacional por parte de Manco Inca, en la espesura selvática de Vilcabamba, iniciando un proceso aún inconcluso, pero cuyos hitos son el Taki Onkoy, Juan Santos Atahualpa, Túpac Amaru, Pumacahua, Rumi Maqui, Velasco. He ahí el tronco de este proceso histórico sustentado en el factor etnocultural, ante el cual la partidocracia de inspiración marxista, leninista, maoísta y demás, no es más que un ramal en extinción desde la caída del Muro de Berlín, ya sea en su versión de izquierda electorera o izquierda terruca. Claro que dicha “extinción” podría revertirse con solo rescatar la enseñanza de Alberto Flores Galindo en su obra Buscando un Inca: “no buscar receta extranjera, hacernos una”, vale decir etnonacionalizar la teoría y praxis izquierdista.

¿Qué opina de la época de violencia que vivió el país en los años 80 y parte del 90?

Ante todo, debo precisar que, al igual que la mayoría de militares veteranos de la guerra interna, no me siento, en lo absoluto, orgulloso de haber arriesgado el pellejo por tanto presidelincuente traidor y corrupto. Creo que las condiciones sociopolíticas y étnicas que constituyeron el caldo de cultivo de aquella guerra siguen vigentes, pese al permanente psicosocial del “crecimiento económico” y que “ahoritita dejaremos atrás la pobreza, convirtiéndonos ya en un país del Primer Mundo”. Ese cuentazo lo escucho desde que tengo uso de razón. Considero, pues, que para el entendimiento cabal del tránsito de la República peruana del siglo XX al XXI deberá necesariamente reconocerse la subversión senderista-emerretista en cuanto hecho histórico.

 

Escribe: Unidad de Investigación

 
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