Sep 27, 2017

Don Armando, el hombre que dejó gran huella

Cuando lo vi aquella tarde, llevaba la barba crecida y bien cuidada. Sus cejas seguían pobladas y él exhibía ese extraño aire de patriarca amable y querendón. Se trataba del político vivo más importante, después de Haya de la Torre. Sus amigos y enemigos lo llamaban “Zapatón”.

Compartir:
Don Armando, el hombre que dejó gran huella

Me tomó del hombro, me palmoteó varias veces con sus manos enormes y de nudillos gruesos. Qué te trae por acá, dijo, mientras ordenaba que me sirvan un café para matar los desganos de la tarde. A su lado, permanecía atento el periodista Pablo Truel, con quien venía trabajando el proyecto de editar su obra en tres volúmenes.

Gran conversador, don Armando Villanueva del Campo, me recibió aquella vez en su casa, de buen talante. Allí vivía con su esposa y su hija y solía recibir a sus invitados, sean apristas o no, como era mi caso que a la sazón lo buscaba para una entrevista.

Eran años en que gobernaba el Perú uno que alucinaba ser Pachacútec y que tenía cara de cholo y nos había metido el cuento de que surgió de la nada como canillita y lustrador de calzado para ocultar su verdadero rostro de timador y terminar como fugitivo de la justicia peruana en estos tiempos.

Don Armando Villanueva del Campo, quien vivió hasta los 98 años, le tenía cierta consideración. “Es un hombre sincero, pero está equivocado por haber escogido el camino del neoliberalismo que no nos conviene a los peruanos”, me respondió cuando le pregunté si Alejandro Toledo era santo de su devoción.

Don Armando no entraba en rodeos. Y cuando había que enfrentar al enemigo, le salía su formación de hombre rudo y disciplinario que fue. Si no, si creen que estoy exagerando, mejor que lo diga él mismo a modo de recuerdo, con risotadas y todo eso, ahora que los tiempos han cambiado y pasado.

--Cuente, usted, don Armando, lo del Cusco en 1962— le lanzo el anzuelo suavecito.

Y él se despacha, apoltronado en su sillón: esa mañana, la avanzada aprista esperaba a su líder, el venerable Víctor Raúl Haya de la Torre, para escucharlo, nada menos que en la Plaza de Armas, cuando el Cusco era rojo y rojo será. La manifestación había sido preparada con sumo cuidado, tomando todas las precauciones, para evitar sorpresas de la vida, como la vida te da sorpresas.

La mañana se mostraba tranquila y apacible, en apariencia. Grupos de apristas recorrían las calles, agitando sus consignas y sus pañuelos blancos en señal de fidelidad a su líder. ¿Y quién cree, usted, que comandaba esa maquinaria de acción temeraria? Usted está en lo correcto: don Armando Villanueva del Campo, quien había llegado la noche anterior a un hotel del Cusco para ultimar los preparativos.

Cuando todo parecía discurrir con normalidad, por una de las esquinas de la inmensa plaza cusqueña, hizo su ingreso una multitud de rostros andinos, de rostros obreros, de rostros comunistas, agitando mueras al Apra por ser un partido de latifundistas, carajo, enemigos del pueblo, carajo, traidores a la causa del pueblo, papay. La plaza cambió de rostro. Un ambiente de temor se apoderó en la gente que a esa hora había llegado para escuchar al líder aprista.

 

Escribe: Edwin Sarmiento

 

 
< Texto completo en la edición impresa >

Articulos relacionados