Sep 20, 2017

Goyo y el recorrido de bares

Gregorio Martínez partió de estas tierras hace unas semanas, pero ha dejado una enorme obra literaria y una gran cantidad de anécdotas de bares y demás yerbas. Fue uno de los más destacados representantes de la narrativa afroperuana contemporánea.

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Goyo y el recorrido de bares

Solo hizo amistad con el poeta Chacho Martínez, cotahuasino, provinciano trejo como él. Y con Juan Ojeda, otro vate marginal, silencioso, bebedor hasta el cansancio. Y en sus ratos más bullangueros, alternó con los escritores Oswaldo Reynoso, Antonio Gálvez Ronceros, Miguel Gutiérrez, Vilma Aguilar, Carlos Calderón, Juan Morillo, Luis Urteaga Cabrera, Augusto Higa, del grupo Narración, quienes solían reunirse, todas las noches, en el bar Palermo, a escasos metros del Parque Universitario. De esos años azarosos me vienen los recuerdos.

Me daba cuenta que el joven escritor Gregorio Martínez, a quien llamábamos Goyo con cariño, era diferente a todos: color a tierra húmeda, cara redonda, nariz achatada, echándole más para negro, alegoso cuando quería, pelo ensortijado, frente ancha, mediano de estatura y tórax voluminoso.

Él contó, una vez, cuando le preguntaron cómo había llegado a la capital del Perú, que fue “chulillo de camión” y que vino a Lima varias veces, desde los catorce años. “A los diecisiete entré a estudiar en La Cantuta y a los veinte a San Marcos. Y empiezo a escribir allá por 1965, 1966”, dijo. Era de Coyungo, un pequeño poblado de indios y negros en los alrededores de Nazca. Creció entre copos de algodón y danzas de negros cimarrones, escuchando relatos de negros poderosos, que hacían el amor, mientras bailaban tres días con sus tres noches, sin parar. Y sin sacar, diría con alguna exageración. Él venía de una hacienda de algodón donde aprendió los secretos de la vida, desde muy niño.

Murió hace un mes, en la soledad de una clínica en Virginia, en los Estados Unidos, donde radicaba desde hace varias décadas, dedicado a la enseñanza universitaria. Fue un escritor de polendas. Gran narrador de novelas y relatos breves. Dicen los que saben de literatura que fue el mejor exponente de la narrativa afroperuana. Hasta lo comparan con Enrique López Albújar. Así debió ser, porque Goyo andaba siempre contando historias de hombres de carne y hueso de Coyungo y también de Acarí, lugar de procedencia de su familia por el lado materno. Porque, por el paterno, su padre había bajado de las alturas de Lucanas y era por eso que nos tratábamos de primos, de vez en cuando, por el apellido Martínez que se multiplicó por mi tierra, después que los españoles dejaron al patrón Santiago, como venerada imagen y guardián de sus creencias religiosas.

Su historia es alucinante y se las voy a contar, grosso modo. Imaginemos que Goyo y yo estamos sentados en el bar Palermo, allá por los setenta, y él me está diciendo que al llegar a Lima fue acogido, con gran corazón por un familiar suyo que era chofer, mayordomo y jardinero: un negro muy elegante. Nunca permitió que Goyito gastara en nada. “Mientras estés en mi casa, no acepto tu dinero”, le manifestó, lo cual le cayó de perilla al recién llegado, porque así pudo juntar todo lo que pudo, porque Goyo, desde muy joven, fue más negociante que letrado, aunque, en el fondo de su corazón, quería ser escritor.

 

Escribe: Edwin Sarmiento

< Texto completo en la edición impresa >
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