Ago 22, 2017

¿Trampolín a la fama?

La columna de Max Obregón Rossi

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Cuando hace veinte años, Martha Hildebrandt ‒en el ya legendario Fuego Cruzado de canal 9‒ le dijo en su cara a Augusto Ferrando que Trampolín a la Fama era lo más cercano a una feria pueblerina con luces de neón y anuncios huachafones, estaba describiendo la escenografía y parafernalia alrededor del programa más sintonizado de entonces.

Sus frases “cincuenta kilos de arroz para quien me traiga…” o “una cocina Surge para la primera persona que venga aquí y me demuestre que se llama…” formaron parte de ese espacio televisivo que no se diferenciaba en lo sustancial de otros que nos acompañaron en múltiples tardes y noches familiares. La mención de sus productos auspiciadores o publicidad en directo anunciada por el o los conductores, y hasta modelos, fueron parte de un formato que identificaba a los múltiples programas de entretenimiento porque eran eso, precisamente, programas de entretenimiento.

Por el contrario, a nadie ‒ni a productores ni televidentes‒ se le ocurría entonces que en otros espacios llamados serios (noticieros, programas políticos, programas de entrevistas, programas de análisis, etc.) el principal conductor o entrevistador ‒o sea un periodista de verdad‒ hiciera siquiera alguna mención indirecta a los auspiciadores y menos inducir a sus seguidores sobre las bondades del producto que les publicita.

Sin embargo, en esos años, las AFP ingresaron al Perú y parte de su estrategia de marketing fue una campaña publicitaria con algunas figuras de la televisión, entre ellas hombres y mujeres de prensa conocidos, para que ‒mediante avisos pagados‒ hablaran de las bondades del nuevo sistema de jubilación y consiguieran afiliados, utilizando así su liderazgo de opinión.

Desde entonces, vimos a muchos “referentes” televisivos publicitando no solo al nuevo régimen previsional privado, sino apareciendo con rostros circunspectos para convencer a quienes les prestaran atención sobre la calidad de algún modelo de automóvil, la rapidez en la atención de un banco, el sabor auténtico de un café, la garantía en nitidez y color de un determinado televisor, la nueva fórmula de un conocido detergente y hasta la confianza en una aerolínea. Fue una lluvia de millones gastada en avisos que utilizaban a algunos periodistas que con su trabajo trasmitían confianza y verdad.

Creo no exagerar cuando afirmo que la gran mayoría de esos comunicadores influyentes, contactados por las agencias publicitarias, se allanó sin mayores escrúpulos a ganarse un dinero extra por sumarse a estas campañas (que por cierto fueron muy bien pagadas). Solo uno, un respetado entrevistador y director de programas políticos, que por entonces llevaba un característico bigote, le dijo “¡no!” al hecho de promocionar una máquina de afeitar. Fue consecuente con la ética que siempre puso por delante.

Hoy estos profesionales (antiguos y nuevos) continúan prestando (o alquilando) sus rostros y voces para anunciar nuevos productos vía avisos comerciales; pero también los vemos en noticiarios, programas periodísticos dominicales, programas de entrevistas diarios, de análisis políticos y económicos haciendo lo mismo.

“¡Ahora una importante noticia!”, dice llamando nuestra atención la periodista y conductora de un espacio dominical para luego “informarnos” del nuevo plan tarifario de la empresa que los auspicia. Otros, acomodan sin delicadeza las botellas de agua mineral que tienen delante de ellos para que las cámaras enfoquen como es debido su producto patrocinador. Y lo mismo sucede para mostrar los nuevos modelos de celulares.

La credibilidad de un periodista se construye sobre la seriedad de su trabajo y este no es precisamente destacar las calidades comerciales de algo. Publicidad y periodismo siempre tuvieron sus campos de acción bien definidos y cuando se quiso hacer una simbiosis se optó por llamarle publirreportaje.

Hoy prima el mercantilismo. No es que aquellos programas deban carecer de auspiciadores, el punto es que el periodismo y los periodistas deben hacerse respetar. Ya basta con ver escenografías acompañadas de botellas de agua mineral y celulares como si estuviéramos en Trampolín a la fama.